Instalando un programa

Otra de las cosas estupendas de trabajar todo el día con ordenadores es la necesidad de que estos tengan todas las herramientas necesarias para poder sacar el trabajo adelante. Lo que me ha pasado hoy no es sino otro de esos días en los que, a pesar de no parar, me he quedado con la sensación de no haber avanzado absolutamente nada.

Para seguir con mi último post, en el que intentaba desmitificar algunos de los prejuicios sobre los informáticos, diré que he estado la mayor parte del día de hoy intentando instalar dos programas (sí, ¡dos!) y al final lo he conseguido, pero con algunas cositas que no funcionan.

En mi defensa tengo que decir que los he tenido que instalar en dos ordenadores diferentes, pero da igual, porque aunque hubiese sido uno solo, habría tardado lo mismo y el resultado habría sido también el mismo.

La cosa es que después de mucho insistir y de pelearme con unos y con otros, ¡por fin! tengo el programa que necesito instalar. Pero claro, no todo va a ser tan “fácil”. Resulta que necesito un montón de programas más para que el que necesito funcione. ¿Pero esto qué es? Pero esa no es la mejor parte de todas, no, no. Además tengo que solicitar que me dejen instalarlo en mi ordenador, y en ese punto ya es como: njdsekfsñfsldhfñlsdfhn (no sé si me explico).

Venga vale, hasta ahora he conseguido:
1. El programa; ¡EL PROGRAMAAAAA!
2. Los demás programas (que son tres más)
3. Permisos de administrador en mi ordenador

Los del CAU (centro de atención a usuarios para que quede bien claro) están hasta…bueno, hartos de mí a estas alturas.
¿Qué más cosas necesito? Ya voy necesitando algo de alcohol intravenoso, pero bien fuerte, para sobrellevar esta situación. Como en la oficina no tenemos de eso, me conformo con un estupendo café de máquina, que de verdad, cuando digo que es horrible no estoy expresando ni una décima parte de lo que me produce su sabor.
¡Vale! Necesito el otro programa, porque por si no os acordáis, eran ¡DOS! programas. ¡Mira tú que bien! Está en esta carpetita. Abro, doble click, y ese horrible sonido: ¡CHUN! No os creais que descifrar los mensajes de error es tarea fácil, porque lejos de lo que piensa la gente, en la universidad no nos enseñan a descifrar lo que el ingeniero de turno estaba pensando en el momento en que diseñó el error, no no no. Así que recurro a lo de siempre, y es que las penas compartidas son menos penas. Con la ayuda de mi compi conseguimos averiguar que, claro, la aplicación está diseñada para ordenadores de 32 bits, ¡y el mío es de 64! Lo que eso significa nos da igual, lo importante es que necesito la aplicación para que funcione en mi ordenador. Así que, venga… otro ratito con el CAU, ¿por qué no?

Bueno, bueno, bueno. Ya tengo la aplicación. Doble click, y luego, siguiente, siguiente, siguiente, instalar, aceptar. Porque sí, los informáticos también le damos a siguiente. No empezamos a escribir instrucciones especiales para que la aplicación le otorgue poderes mágicos y visiones intergalácticas a mi ordenador.

¡Anda! Ya he instalado las dos aplicaciones, más las aplicaciones necesarias para que funcionen (estas requerirían otro post, así que no voy a entrar en detalle, porque todas, todas tampoco están, pero bueno), y ahora, ¿qué queda? ¡Ah, sí! Tengo que aprender a usarlas. Ya si eso otro día…

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¿Cómo se arregla un ordenador?

Una de las cosas que me pasaban por la cabeza cuando empecé la universidad era la posibilidad de que, en un futuro no muy lejano, sería capaz de coger un ordenador y arreglarlo. Sí, sí, arreglarlo. Lo cogería, lo desmontaría, miraría los cables, los circuitos y las placas, y como por arte de magia sabría qué le pasa. Cambiaría este cable ahí, soldaría este otro aquí y… le voilà! ordenador arreglado.

Pero no solo eso. También sería capaz de hacerlo sin desmontar el ordenador. Lo encendería y teclearía un montón de palabras mágicas en una pantalla que solo yo entendería y otra vez conseguiría arreglarlo. Sabría tanto de ordenadores que podría hacer cualquier cosa con ellos.

Sin embargo empecé las clases y me hizo falta poco tiempo para bajar de la luna y darme cuenta de la realidad, y es que la informática es tan compleja como amplia, y que si quería aprender a arreglar un ordenador no estaba en el lugar adecuado.

Tardé meses en lograr ejecutar un programa sencillo hecho por mi (y digo esto sin vergüenza ninguna, porque mi conocimiento era absoluta y completamente nulo, y no entendía nada de todo aquello) y los saltos de alegría que di al hacerlo tenían más bien poco que ver con la imagen que me había hecho de mi misma arreglando el ordenador sin despeinar ni uno solo de los pelitos de mi preciosa cabecita.

Han pasado 15 años y todavía hay gente que viene y me dice: ¿tú sabes que le pasa a mi móvil que no se enciende? Y la respuesta es siempre la misma: ¿Acaso tengo yo cara de entender cómo funciona un móvil? Con todo y con eso reconozco que sé bastante más de cómo funcionan estos cacharros de lo que me imaginé nunca, porque nunca pensé que esto fuese a ser así, que fuese a ser como es.

El libro de Borja y Pancete

Vuelvo al pasado una y otra vez. Una vez es para recordar y otra es para arrepentirme, pero cuando lo hago una y otra vez es para darme de bruces con mi realidad presente. Es increíble cómo la rueda gira, la rueda de la vida, digo, y cómo el final es el principio y el principio es el final, y al final los dos se unen para formar esa rueda, la que siempre gira.

Emma fue mi profesora de lengua en el cole, en mi cole, el cole de mi vida. Pero fue mucho más que eso, fue el principio y el final. No puedo evitar imaginármela escribiendo en su mesa, o quizás en la sala de profesores que tantas veces pisé, e ideando aventuras para Borja y para Pancete mientras yo esperaba en un lugar lejano hasta que llegara el momento de tener esas aventuras entre mis manos. Aquellas aventuras fueron el principio, pero fueron el principio de… ¿de qué? De la rueda de la vida, supongo, la que siempre gira.

Y cuando llegué al cole, el cole de mi vida, con apenas 8 años, la rueda ya estaba girando, y al igual que Borja no se dio cuenta de que la mochila que cargaba era la bolsa de la vida, que aún hoy llena y vacía según su instinto, yo no me di cuenta de cómo el mío me decía si debía girar más o menos mi rueda, la que siempre gira.

Un día me había hecho mayor, bueno, mayor no, pero a mi me lo parecía. Y la rueda se escapó de mi control, y el libro de Borja y Pancete era el lugar en el que yo quería estar, para poder vaciar mi mochila y coger el tren y marcharme lejos con ellos. En lugar de eso me crucé con Emma por el pasillo y pisó el freno de mi rueda, no para que parase, si no para que no fuera tan rápida, y entonces sus ojos me dijeron: “Mira tu rueda, la que siempre gira”.

Y de verdad que no sé cómo ha sido, pero estoy en mi coche sentada volviendo del trabajo y leyendo un correo de Emma. Me da recuerdos de Borja y de Pancete y yo no puedo evitar pensar en la suerte que tiene porque ellos viven en ella. Y me doy cuenta, he llegado al final, pero el final es el principio, así que es imposible detener a mi rueda, la que siempre gira.

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¿Cuándo es un buen momento?

Los años van pasando y los problemas asociados cambian al mismo ritmo. Cuando tenía 5 o 6 años perder jugando a la goma era lo más horrible que me podía pasar en la vida, sin embargo los problemas a los 30 son bien diferentes.

A estas alturas la mayoría de mis amigas están casadas o emparejadas y pensando ya en tener hijos o incluso ya con algún que otro churumbel por ahí. Es lo que toca a esta edad y aunque no deja de ser lo normal, tengo que reconocer que me cuesta bastante hacerme a la idea de que ya estoy en el grupo de los “mayores”.

Así que toca ir a hospitales, comprar ropita de bebé y alegrarme mucho de ver cómo mis amigas de siempre, a las que conocí hace ya tanto que casi ni recuerdo, se hacen responsables de una familia, se hacen mayores y dejan la infancia y la juventud (esa juventud despreocupada, no la juventud responsable) atrás para siempre.

Una de estas amigas se casó hace tres años ya y por fin ella y su marido han decidido ser papás. Recuerdo el día que me dijo que estaba embarazada, cómo le salían chirivitas de los ojos y la cara que puso al ver la ensaladilla rusa. Con mucha precaución porque fue muy al principio pero con mucha ilusión. ¡Menudo notición!

A mi amiga la conocí en la universidad así que me temo que es una friki informática como yo. Lleva no sé cuánto en su puesto de trabajo y resulta que ahora, precisamente ahora, la desasignan de su puesto. No la echan, pero sí la quitan del proyecto en el que está. No hace falta preguntarse por qué, y tampoco sirve de nada patalear y enrabietarse. Se queda fuera del proyecto y se acabó.

Ayer lo hablábamos y se lamentaba pensando que una nunca sabe cuándo es un buen momento, pero es que realmente no hay un buen momento en este país ni en este mundo para ser madre, mujer y trabajadora a la vez. Hay que elegir, y una no puede hacer otra cosa más que preguntarse si la culpa es del sistema, de las empresas privadas o de nosotras mismas, y si tengo que ser sincera no encuentro la respuesta.

Mientras tanto seremos nosotras las que hagamos que la vida siga, las que traigamos a más seres humanos al mundo para que éste pueda seguir girando tal y como lo conocemos y las que renunciemos a todo para ello.

Lo que nos diferencia

Cuando estaba en la universidad lo único que me preocupaba era sacar mis exámenes y avanzar para poder ponerme a trabajar rápido. Lo cierto es que hoy me arrepiento de esa prisa, porque es verdad eso de que la vida del estudiante es de las mejores. Bueno, por lo menos para mí lo fue.

Aunque de vez en cuando comenzaban a asaltarme preguntas y dudas, casi todas surgidas del mismo origen. Ni que decir tiene que mis creencias religiosas son más bien escasas (por no decir nulas) pero eso no ha impedido que me preguntara cosas, o que algunas de las personas más cercanas durante aquella época fueses fervientes católicas. Aún conservo algunas de esas amistades sin ningún tipo de duda ni prejuicio, y tengo que decir que esta falta de prejuicios es precisamente gracias a estos amigos, que me los quitaron de un plumazo cuando NO se tomaron la libertad de juzgarme. Me sorprendió y me encantó y me llevé una de las grandes enseñanzas de mi recién estrenada juventud.

Manteníamos unas conversaciones increíbles, siempre llenas de respeto y sobre todo de mucho cariño, en las que cada parte exponía su visión, y era estupendo porque nunca intentaron cambiarme y yo intentaba no hacerlo tampoco. Esa diferencia era riqueza y de ella aprendíamos constantemente.

Lo malo era cuando aparecía alguien que no era tan “respetuoso”, y lo entrecomillo porque no sé cómo decirlo sin resultar despectiva. El aborto, la familia y la homosexualidad eran temas delicados porque siempre conllevan mucha pasión y la mayoría de las veces traen opiniones extremas, tanto de un lado como de otro.

Hoy he leído una entrada en el blog de mi querida amiga Remedios (… con unas alas enormes) un poquito triste en la que nos cuenta cómo de dura ha sido su última betaespera. Remedios está intentando ser mamá junto a su mujer Alma y el camino está siendo duro. Alguien ha hecho un comentario algo feo e intolerante y no he podido evitar recordar aquellas conversaciones con mis AMIGOS (y lo grito para que quede bien claro) a quienes no les convence moralmente que dos mujeres puedan ser madres (o que dos hombres también puedan ser padres), o que se puedan concebir niños en una clínica. Lo que sí es seguro es que nunca, bajo ninguna circunstancia, lo juzgarían.

Lo que nos diferencia a unos de otros no es la religión, ni la moral, ni la orientación sexual, ni el genero, ni la clase social. Lo que nos diferencia es la tolerancia y el respeto.

Es más fácil ponerse unas zapatillas que alfombrar la tierra entera.